Parece que vuelven a ponerse de moda los tejos en Asturias, como el cachopo, que es invento antiguo, como se sabe. El tejo la mayor parte de las veces no es tan antiguo como pretenden los lugareños, pero es evidente que viene avalado (el propio tejo o sus retoños) por una considerable antigüedad, aunque no alcance la condición milenaria, como pretenden algunos. Al florecimiento del tejo ha contribuido el esfuerzo de la Fundación Valdés Salas, que dedica sus esfuerzos a su preservación y a su catalogación.

Se trata de un trabajo complejo y riguroso, que se propone no solo localizar y catalogar los tejos asturianos, sino todos los de la fachada atlántica europea, lo que será labor muy meritoria y de una trascendencia muy considerable, no sólo en el aspecto botánico, sino también en el antropológico, pues el hombre mantuvo a lo largo de su historia una extraña historia de suspicacia y atractivo hacia el árbol situado bajo la advocación de Hécate. un árbol que produce la muerte, pero cuyas aplicaciones farmacológicas contribuyen a devolver la vida a enfermos graves. Luis Mario Arce se ocupa en un número reciente de “La Nueva España” de seis tejos bajo el título de “Los asturianos y sus árboles”, a los que califica como “historias personajes de seis monumentos naturales”.

Arce afirma en su artículo que “la relación del hombre con el árbol ha sido estrecha y compleja. Obviamente, ha hecho leña y hogar con su madera. También despensa y ornamento con el organismo vivo. Pero, además, ha cultivado un vínculo místico con especies determinadas y, más aún, con árboles individuales, convertidos en tótems, inicialmente paganos y luego cristianizados carbayos, hayas, robles, fresnos, olmos y, sobre todo, tejos, adorados ya por los pueblos celtas como árboles de la vida, tienen existencias milenarias y su madera es virtualmente imputrescible, y de la muerte (todo su organismo, salvo el arito del fruto, es venenoso para el hombre)”. El tejo penenece al grupo de los árboles de la muerte. El tejo es árbol de la muerte desde la más remota antigüedad, no solo por sus frutos y por su sombra, sino por su madera. De madera de tejo se hicieron los mejores arcos, que envían la muerte a distancia, por lo que es muy probable que el arco de Diana, que correteaba sin descanso por los grandes bosques, no fuera como se suponía de plata (tenía forma de la media luna) sino de madera de tejo.

Yo he recorrido los tejos asturianos desde Arangas, en Cabrales, hasta Lago, en el extremo occidental de la región, y he podido constatar algunas cosas. En primer lugar, no está muy claro que exista una profunda vinculación entre el hombre y el árbol. El hombre contempla al tejo con cierto temor, no sea que le vaya a envenenar el ganado. Esto es importante. En distintos lugares se viene a decir lo mismo de diferentes tejos: son muy antiguos. Y si uno pregunta por la antigüedad, vuela la imaginación. “¿Antes del tiempo de los romanos?”. “Si, de mucho antes”, afirma el aldeano, un poco ofendido de que se suponga que el tejo de su parroquia es de anteayer.

Pero bastantes tejos están documentados y no valen exageraciones. Algunos de los tejos actuales datan de la época de la renovación de la iglesia. ¿Qué en otro tiempo había un tejo y su lado se levantó una iglesia? Es más que posible pero resulta un poco exagerado suponer que aquel tejo recibió cultos florales de los habitantes primitivos y que vio pasar las legiones romanas en dirección a Mons Vindius. El tejo estaba allí probablemente antes de que llegara el primer cura, pero es probable que fuese el cura quien se ocupó de cuidarlo. Que un tejo se renueve es la cosa más natural del mundo. Por otra parte, situados al lado del templo, no parece tina indicación muy optimista, pero debe tenerse en cuenta que buena parte de las Iglesias rurales se encuentran entre el tejo y el cementerio. En cuanto a los rituales paganos, se perdieron: el tejo queda como constatación de otra época en un escenario boscoso, “En la historia religiosa de la raza aria en Europa, la adoración de los árboles ha jugado un papel muy importante”, escribe Frazer.

Europa estaba cubierta de enormes tierras vírgenes en las u, que los escasos claros debían y parecer islas en océanos de verdor. Entre estos árboles destacaba el tejo por su singularidad. El tejo surge en medio del campo, pero no por ello deben ignorase los grandes bosques de árboles sagrados situados en las laderas de las montañas, como el gran tejedal del Sueve. En la aldea el tejo da sombra a la iglesia, los viejos se sentaban alrededor para charlar y recordar, y allí se organizaban los concejos abiertos. ¿Y por qué no en el atrio de la iglesia? A esta función social y política del tejo se unía la deportiva: el tejo a veces está al lado de la bolera y los mozos juegan a los bolos bajo las ramas milenarias aunque en realidad, no lo sean.

En alguna aldea cortaron el tejo y vendieron la madera; en otras los dejaron secarse. Los aldeanos no tienen unas ideas muy precisas del árbol, salvo que es muy antiguo, y observé que en muchos lugares le prestan poca atención. Otra cuestión de mayor importancia es el lugar donde lo han plantado: al lado de unas ruinas denominadas el Castillo, en un lugar por completo solitario donde la copa del árbol crece por encima de los pastizales. A veces, como el tejo de Salas, está en el mismo cementerio. Se trata del famoso tejo de San Martín, de unos ochocientos años, que sobrevive gracias a la Fundación Valdés Salas y al desvelo personal de Juanito Arango, que lo considera “un lugar espiritual con connotaciones mágicas e históricas”. En realidad se trata de dos tejos, y uno de ellos, con el tronco hueco, fue utilizado para guardar objetos de limpieza destinados a las tumbas. Fue preciso una persona ilustrada como Juan Arango advirtiera de este desatino. Lo que indica que al tejo se le aprecia por su antigüedad y por poco más.

Entre los tejos presentados por Luis María Arce destacan por su espectacularidad el de Berrniego, colgado de la sierra del Animo y que hasta hace poco le hacia compañía al imponente roble que hace dos años se derrumbó con estrépito durante la noche: situado fuera del pueblo, al lado de la iglesia, es de los más antiguos de Asturias.

El tejo de Santibáñez de la Fuente, en Aller, da sombra, a un Paisaje grandioso. Otro tejos son de genealogías más recientes, como los que planta Aunando Vallina, de Melendereros, en Bimenes. En Asturias hay tejos por todas partes, y no siempre al lado de las iglesias. Basta saber mirar y distinguirlos.

Recorriendo esos caminos de Asturias vemos tejos de poco tamaño, como si no le hubiera dado todavía tiempo para crecer, tejos en los jardines de casas particulares, tejos al borde de los caminos, tejos en las encrucijadas como el de Bergaeu. Alguna vez tal vez se diga que también eran de la época de los romanos.

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