La mujer lactante amamanta a su padre preso

Lugar: Bustellón / Bustiel.lu (Tineo/ Tinéu).
Narrador: Edmundo Manuel Rodríguez Suárez, 84 años.
Grabación: J. S. L. y M. C. A. (2007)

Contaban de que los frailes de Obona castigaran a un paisano, metiéranlo emparedáu en un sitio y había un furaco namás pa respirar… hasta que se moría. Pero entós tenía una hija que diera a luz y iba a mete-y la teta por aquel furaco ya’l paisano mamóu ya sostúvose los días aquellos. Ya entós dijienon que era santo, pero nun sabían que fuera la hija a da-y la teta a mamar pol furaco. Eso fue ahí nu convento, ahí n’Obona. Eso hablaba mi padre, sí, sí, hablaba él esas cosas.

Resumen / Summary

Los frailes del monasterio de Obona condenan a un hombre a morir emparedado, dejándolo encerrado sin alimento para que perezca de inanición. Sin embargo, una hija de éste, que se encontraba en periodo de lactancia, lo alimenta a escondidas dándole de mamar a través de un pequeño orificio en la pared. Los frailes, desconocedores de este hecho, consideran que el hombre está favorecido por la providencia divina, pues resiste mucho tiempo sin morir.

The monks of the monastery of Obona condemn a man to die by being walled up, leaving him shut in without food so that he may perish of starvation. However, his daughter, who was nursing at the time, secretly feeds him by breastfeeding him through a small отверстие in the wall. The monks, unaware of this, believe that the man is favored by divine providence, since he survives for a long time without dying.

Comentario

Conocida como la «La hija piadosa» o «La caridad romana», esta leyenda recrea un mito clásico acerca de la hija que amamanta a su padre, un anciano encarcelado y sentenciado a muerte por inanición. La referencia literaria más antigua de la que tenemos noticia se encuentra en la Historia Natural de Plinio el Viejo, compilada en el siglo I antes de Cristo. Cuenta Plinio que había en Roma una mujer plebeya, en estado lactante, que tenía a su madre en la cárcel, privada de alimento. A la hija se le permitía visitar a su madre sin llevarle ninguna clase de comida. Cuando se descubrió que la hija alimentaba a su madre con la leche de sus pechos, la mujer fue liberada y en el mismo lugar, en memoria de aquel suceso, se levantó el templo de la diosa Piedad.

En la antigua Roma, la atención a los progenitores era considerada un valor primordial en la formación de las personas y su enseñanza se ilustraba con ejemplos o modelos a imitar, hasta tal punto que en algunos dormitorios infantiles exhumados en la ciudad de Pompeya aparecen representaciones de esta escena.

Cimón y Pero (45-79 d. C.), fresco de Pompeya. Museo Arqueológico Nacional de Nápoles.

En España, el relato de la hija lactante que amamanta su madre, que se encuentra encarcelada y privada de alimentos se difundió a través de la obra de Clemente Sánchez del Vercial, Libro de los enxemplos por a. b. c., publicada hacia 1435. Sin embargo, será la figura del padre anciano amamantado por su hija la que alcance mayor fortuna, siendo reproducida en múltiples pinturas, grabados, esculturas, cerámicas, etc. El tema lo recogen numerosos artistas entre los siglos XVI y XVIII. Así, en el siglo XVI, recrean el tema de la «Caridad Romana» entre otros: Hans Sebald Beham (1500-1550), Perino del Vaga (1501-1547), Francesco Primaticcio (1504-1570), Georg Pencz (1500-1550), Bernardino Luini (1480-1532) o Francesco Barbieri (1561-1666).

Cimón y Pero, por Hans Sebald Beham (1500-1550)

En el siglo XVII, continúan esta tradición pictórica Dirk van Baburen (1595-1624), Gaspar de Crayer (1584-1669), Jan Janssens (1590-1650), Willen van Poorter (1620-1630), Charles Mellin (1597-1649) y Lorenzo Pasinelli (1629-1700), entre otros. Caravaggio (1571-1610) la reproduce entre las Siete obras de misericordia corporales, que pintó en la iglesia Pio Monte della Misericordia de Nápoles. Rubens (1577-1640) pintó varias versiones de este motivo, la primera fechada en 1612:

Caritas romana (c. 1612), de Peter Paul Rubens. Museo del Hermitage

Por lo que respecta a la pintura española, se puede ver un boceto realizado por Bartolomé Esteban Murillo (c. 1665) para su cuadro sobre La caridad romana en el Museo Boijmans Van Beuningen de Róterdam.

Dibujo de Murillo (c. 1665), preparatorio para su cuadro sobre La caridad romana.

La versión definitiva de este cuadro, que perteneció a la colección Godoy, fue comprada tras la invasión francesa y llevada a Estados Unidos, para la Philadelphia Academy of Fine Arts, donde ardió en un incendio en 1845. Una copia anónima de este cuadro se conserva en el Museo de Bellas Artes de Bilbao:

Copia anónima del cuadro de Murillo quemado en el incendio de la Academia de Filadelfia en 1845. Museo de Bellas Artes de Bilbao.

En el siglo XVIII se sigue recreando este motivo de la mano de Jean-Baptiste Deshays (1729-1765), Jean-Jacques Bachelier (1724-1806), Louis Jean François Lagrenée (1724-1805), Jacques-Antoine Beaufort (1721-1784), Jean-Baptiste Greuze (1725-1805) y Johan Zoffany (1733-1810).

Johan Zoffany, Roman Charity (c. 1769) National Gallery of Victoria, Melbourne

Y ya en el siglo XIX, va perdiendo fuerza la tradición pictórica de este motivo, aunque se sigue recreando, entre otros, por Diego Monroy Aguilera (1786-1856) e Ignacio Palmerola (c. 1808-1863).

Ignacio Palmerola, La caridad romana (1851), Museo del Almudín, Játiva.

Catalogado en The Types of International Folktales (1961-2004), con el número ATU 985*: The Suckled Prisoner [El prisionero amamantado], apenas se conocen versiones de este cuento-tipo en la tradición española. Entre ellas, cabe reseñar, por su similitud con la versión asturiana, una versión gallega que sitúa la acción en el siglo XV, en tiempos del caballero feudal Pedro Madruga (muerto en 1486). En ella se cuenta que un hombre que había sido encarcelado por Pedro Madruga en el castillo de Tebra (Pontevedra) sin que pudiera comer ni beber, fue amamantado a través de una ventana por una hija recién parida, salvándolo así de morir de hambre. Al no encontrar explicación a la extraordinaria capacidad de supervivencia del encarcelado, su captor decide liberarlo por considerarlo inmortal.

A diferencia de las versiones clásicas del mito, que ponen de relieve el motivo de la «caridad romana», de modo que el prisionero es finalmente liberado por la admiración que despierta entre sus captores tan loable manifestación de piedad filial, cabe resaltar que las versiones de tradición oral —gallega y asturiana— coinciden en justificar la liberación del encarcelado en el hecho de que, desconociendo la verdadera causa de su supervivencia, sus captores creen que está favorecido por la providencia divina.